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Es absolutamente imposible negar los absolutos

Una lectura breve, que además de hacernos pensar, nos entrega una herramienta vital en cuanto a la discusión latente sobre lo absoluto y lo relativo, en otras palabras, de si realmente existe la verdad o tan sólo medias verdades.

Josh McDowell

El escepticismo respecto a los absolutos no es un fenómeno de ahora. Unos 500 años antes de Cristo, el filósofo griego Heráclito teorizaba: “Nadie entra dos veces en el mismo río porque siempre lo cubren aguas nuevas.” Argumentaba que todo va cambiando: nada es permanente y duradero; nada es inmutable excepto el cambio mismo. Cratilo, sucesor de Herá- clito, fue más allá con ese argumento. Afirmaba que nadie entra al mismo río más de una vez. No hay esencia ni sustan- cia en la vida, sólo movimiento. Cuando le preguntaron si él existía, Cratilo sencillamente movió un dedo, indicando que él también estaba en un estado de constante cambio.

En épocas más recientes, dos influencias han apoyado el concepto de que vivimos en un vacío moral sin absolutos. Los antropólogos han llegado a la conclusión de que muy poca, siacaso alguna, conducta humana es juzgada incorrecta por todas las personas en todas partes. El robo, la mentira, el engaño y la infidelidad se consideran como algo malo en la mayoría de las culturas, pero se han observado e informado de excepciones. Aun los tabúes morales de siempre, como el homicidio e incesto, son considerados como algo que está bien en algunas tribus. No es raro que algo que un pueblo cree malo sea considerado por otro pueblo como algo bueno. Súmese a este aparente relativismo cultural la relatividad de tiempo y espacio propuesto por Albert Einstein, y es fácil entender por qué en la actualidad hay tanta oposición a la idea de los absolutos universales.

Negar que cualquier conducta es absolutamente buena o mala en sí se hace también evidente en la aceptación generalizada de una ética dependiente de la situación (“situacional”), popularizada por Joseph Fletcher en la década de 1970. Para Fletcher, la moralidad no era estática sino relativa a cada situación. Enseñó a sus discípulos: “En toda situación moral, haz lo que sea dictado por el amor.” Suena maravilloso, ¿verdad? Pero, según Fletcher, lo que se considera como amor no es absoluto sino relativo. Explicaba que en algunas situaciones, el adulterio es la respuesta amorosa y robar es el bien más elevado. Aun matar puede justificarse bajo ciertas circunstancias, según Fletcher. Ninguna acción es intrínseca y absolutamente buena o mala para todas las personas en todo momento y bajo todas las circunstancias. La moralidad personal es más bien como la arcilla blanda que como el mármol; puede ser moldeada y formada para conformarse a cada situación.

Mucha de la sociedad actual, en armonía con los descubrimientos antropológicos y la ética “situacional”, coincide en que no existen absolutos morales para gobernar la conducta humana. No obstante, hay una sutil y notable contradicción en dicha negativa. No hay manera de negar los absolutos sin valerse de un absoluto. Es como decir: “Nunca digas la palabra nunca” o “Es siempre incorrecto decir siempre”. Cuando alguien insiste en que los absolutos no existen, ¡sin querer admite por lo menos uno! En realidad, no hay manera de evitar los absolutos.

Aun Heráclito admitió que había una ley inmutable —que él llamó logos— que rige el cambio perpetuo de la vida. Einstein reconocía que todas las cosas no pueden ser relativas. Postuló un Espíritu (Dios) absoluto al cual todo lo demás es relativo. Al fin y al cabo, no tiene sentido decir que A es relativo a B y C es relativo a D a menos que exista una norma a la cual A, B, C y D son todas relativas. El cambio absoluto no es más posible que levantar al planeta Tierra con una tabla de madera y un fulcro. Aun el cambio es imposible a menos que haya una base inmutable en relación con la cual el cambio puede medirse.

Podemos ilustrar el dilema del relativista con el cuento de Winnie Pooh, el osito comilón y su amigo el conejo. Eternamente con hambre, el osito va a la casa del conejo buscando algo para comer. Llama a la puerta y el conejo, que no tiene la intención de darle de comer, grita: “No hay nadie en casa.” El osito responde: “Alguien tiene que haber si no no podría decir ‘No hay nadie en casa’ .” El osito tiene razón. El conejo no puede negar su presencia a menos que esté presente para negarlo. De la misma manera, los que niegan la existencia de absolutos no pueden proponer que todas las cosas son relativas a menos que exista alguna base inmutable sobre la cual apoyar su afirmación. No tiene sentido declarar que todo es relativo y a la vez no admitir que esa posición es igualmente relativa. En realidad, el relativista se para sobre el pináculo de su propio absoluto a fin de afirmar que todo lo demás es relativo.

 
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He comprendido algo que antes no entendía o no sabía
Ha sido de gran impacto en mi vida
He recibido a Jesucristo como mi salvador a través de este ministerio

Extracto del libro "El amor siempre tiene razón". El amor siempre tiene razón fue escrito para ayudar a entender y aplicar con más éxito este aspecto vital en su relación cotidiana con Dios y los demás.



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